El Real Monasterio de la Santísima Trinidad de Valencia es un edificio de notable importancia histórica y artística. Construido en la margen izquierda del río Turia, junto al comienzo de la calle de Alboraya, constituye sin duda el más antiguo conjunto monástico de la ciudad que conserva su uso inicial. La fundación fue realizada por la reina María de Castilla, esposa de Alfonso V el Magnánimo y regente del reino durante la larga ausencia de su marido, sobre el solar de un convento trinitario establecido en 1256, para el cuidado del hospital adjunto de San Guillén. La reina fue sepultada en él, en un bello sárcofago de piedra, lo que convierte a esta fundación en el único Panteón Real enclavado en nuestras tierras.

Durante la segunda mitad del siglo XV y los comienzos del siglo XVI el Monasterio vivió una etapa de gran brillantez, convirtiéndose en un foco cultural y espiritual y un referente social importantísimo para la ciudad de Valencia. Durante esta época fue abadesa, entre 1463 y 1490, la célebre escritora y humanista sor Isabel de Villena, la más insigne escritora de nuestras letras. En esos años fue médico de la comunidad el genial poeta Jaume Roig y allí profesó y fue sepultada la infanta María de Aragón, hija natural de Fernando el Católico. El viajero y reputado médico humanista alemán Jerónimo Münzer, tras visitar Valencia en 1494 y refiriéndose a este Monasterio, señala que: Nunca vi iglesia tal, según la cantidad de ricos y magníficos retablos y ornamentos con que está decorada. Causa este espectáculo la mayor admiración.

Durante los siglos siguientes hasta el XVIII, la presencia del Monasterio de la Trinidad en la vida social y religiosa de la ciudad continuó siendo importante, a pesar de las restricciones impuestas por los edictos del Concilio de Trento a los establecimientos de religiosas. El beato fray Pedro Nicolás Factor, místico extático de gran prestigio, fue confesor de sus monjas desde 1539 y atendió aquí a varias discípulas. En ese tiempo, las solemnes procesiones cívicas, que los Jurados organizaban en honor del Ángel Custodio de la Ciudad, llegaban hasta el Monasterio, y, en su interior, veneraba la Universidad, fundada en 1499, la imagen de su patrona Ntra. Sra. de la Sapiencia, acudiendo allí por ello en vistosas comitivas, en las que participaban todos los graduados con sus trajes académicos. Desde esta comunidad de clarisas partieron también diversos grupos de religiosas para fundar o reformar otros conventos en: Teruel, Barcelona, Mallorca, Tortosa, Onda y Xàtiva.

A principios del siglo XVII, María de Corella, condesa de La Puebla, perteneciente a la aristocrática familia de los condes de Cocentaina, enriqueció con valiosas obras de arte y reliquias sagradas el Coro Bajo del Monasterio, que, entre 1695 y 1700, vio revestir interiormente su iglesia con una suntuosa decoración barroca, ejecutada por Felipe Serrano. Pero, tras los conflictos de la guerra de Sucesión, fue la invasión napoleónica la más grave ocasión de destrucción y decadencia para esta institución, ya que la ubicación del conjunto monástico, extramuros de la ciudad, lo hacía más susceptible a saqueos y ocupaciones que afectaron notablemente a sus bienes muebles e incluso a su fábrica gótica.

La política desamortizadora del siglo XIX privó al monasterio de sus rentas en momentos de trabajosa restauración y expolió incluso parte de la edificación original. Nuevos daños aportó el siglo XX, con las destrucciones y saqueos sufridos durante la última guerra civil y la violenta inundación de 1957, postrera hasta la fecha de las, al menos siete importantes, que este Monasterio ha padecido desde su fundación.

Durante todo este tiempo y a pesar de la estricta clausura monástica, el monasterio ha sido objeto de interés y estudio por todos los historiadores relevantes del siglo XVII en adelante, así como de nuestros contemporáneos, que han dado continuidad a los primeros estudios realizados por los cronistas franciscanos, a los de Agustín Sales y José Teixidor, en el siglo XVIII y los de la práctica totalidad de los historiadores decimonónicos. Las monjas clarisas han facilitado siempre y en todas las ocasiones la labor de estos numerosos investigadores, así como la confección de toda clase de estudios parciales, levantamientos de planos e inventarios de bienes culturales.

En 1990, la excelente tesis de licenciatura inédita elaborada por Carlos Martínez Pérez aporta los más interesantes y documentados estudios sobre las estructuras de la primitiva construcción gótica, hoy deformadas, abundante material gráfico y varias reconstrucciones ideales, que permitieron la elaboración de una gran maqueta lígnea, que hoy se guarda en el Refectorio del Monasterio, donde se presenta el aspecto de los edificios en el siglo XV. La edición en 1998, por iniciativa del Consell Valencià de Cultura, de una monografía, varías veces reeditada con ampliaciones, difundió en gran medida el conocimiento sobre esta notable institución. El libro que ahora se presenta al lector recoge aquel estudio totalmente revisado y considerablemente ampliado, añadiéndole además un importante apéndice documental, muchas ilustraciones nuevas y una bibiografía.

Monumento Nacional desde el 22 de diciembre de 1982, el Monasterio fue declarado bien de interés cultural el 4 de febrero de 1983, lo que ha propiciado algunas restauraciones llevadas a cabo por el Ministerio de Obras Públicas, bajo la dirección del arquitecto José Luis Leno, que son apenas el comienzo de las intervenciones que requiere la puesta en valor de muchas partes del Monasterio. La Generalitat Valenciana por su parte ha contribuido con la restauración de algunas pinturas y objetos muebles y el inicio de algunas labores previas de excavación arqueológica y defendido con excelente criterio, según el dictamen del Consell Valencià de Cultura, la integridad del conjunto monástico a la hora de rediseñar el entorno urbanístico. Así, al preservar a la entrada del edificio, el compás, es decir el patio adoquinado, hoy rodeado de casitas, antaño claustro gótico en ladrillo, que confiere al monasterio su característico ambiente recoleto, le permite mantener su aislamiento y apropiado recato conventual al tiempo que contribuye a: la salvaguarda de la memoria histórica de la ciudad.

Pero lo más importante, en cuanto parte muy significativa del patrimonio cultural valenciano, es el hecho de que el Monasterio de la Trinidad haya podido mantenerse por más de quinientos años en la función para la que fueron creados sus edificios. La comunidad de religiosas, en ocasiones de un modo heróico, ha sabido salvar y proteger lo más importante en circunstancias muy difíciles, como las que han afectado la vida de la institución en todos esos numerosos años de su existencia. Ellas han conservado, cuidado y resturado estos bienes, facilitando además en todo momento la labor de los investigadores y abriendo sus puertas, en los límites de sus posibilidades y de la regla monástica, a quienes desearon contemplar sus bellezas. Porque ellas constituyen en realidad el bien cultural más precioso, pues en ellas permanece familiarmente la memoria del pasado de una manera pasmosa y se preservan las costumbres y rituales que dan vida a las piedras y a los objetos.

Valencia cuenta con las “momias” fosilizadas de algunos grandes monasterios del pasado, otros muchos de capital importancia histórica han desaparecido o son lamentables jirones de lo que fueron. Con la Cartuja de Portaceli, el Monasterio de la Trinidad de Valencia es el último de los grandes monasterios históricos valencianos que se mantiene con vida. Fundación y Panteón real, donde está sepultada una de las más egregias reinas de la Corona de Aragón, que ostentó el gobierno de Valencia en el periodo más glorioso de su historia. Un lugar vinculado estrechamente a la memoria y a la obra de Isabel de Villena. Como recordaba el Consell Valencià de Cultura en 1996: seria convenient mantenir l’ocupació de l’edifici per esta comunitat religiosa. Més encara, cal reconéixer la importància de mantindre el sentit autèntic i fonamental del monument.

No me cabe en la cabeza, en un asunto vital para la historia y la cultura de nuestro país, otra actitud aceptable que colaborar en la preservación de este tesoro, ya que, como indicaba el Consellla seua protecció és responsabilitat de tots. Quizás seamos capaces de conservar íntegramente esta riqueza que tantos envidiarían. Porque los bienes culturales no son sólo los objetos materiales, de los que algunos se apropian para traficar, considerándolos suyos. Patrimoio cultural son ante todo las personas que guardan la memoria y las actividades, que representan un ejemplo vivo del esfuerzo civilizador de los que nos antecedieron. Ese esfuerzo por trascender la barbarie y la fugacidad deletérea; esa lucha eterna de la memoria y la historia contra la muerte y el olvido, que nos configura como seres humanos y forma las raices humanísticas de nuestra cultura.

 

Daniel Benito Goerlich

Catedrático de Historia del Arte
Conservador del Patrimonio Cultural
Universitat de València